Masai Mara, Kenia, un vasito de agua por favor.
En un mundo con diversidad de intereses coloniales, medios rudimentarios, información escasa y en la mayoría de los casos de origen mitológico o incierto, encontrar a un puñado de hombres (y alguna mujer) empeñados en llegar más allá de los límites conocidos hace un par de siglos, era sencillamente, una locura.
Pero ahí estaban, Krapf descubriendo el monte Kenia, Rebman el Klimanjaro, Speke, Burton, Stanley, obsesionados por descubrir el origen del Nilo, Livingstone (del que Javier Reverte dice que era el más completo de todos), luchando por acabar con la esclavitud, Barth en el Sahara o Lugard en Uganda.
Todos aportaron su gramo de locura en el descubrimiento mutuo de África, porque mientras esos exploradores se lanzaban a la incertidumbre más absoluta, otros menos ambiciosos quedaban seducidos por el encanto del África ya conocida.
Son los escritores, una categoría hibrida entre el aventurero (aunque hubo magnificos escritores entre los aventureros) y el turista pero con una característica que los diferencia de ambos. Mientras el explorador quiere poner su pica, su nombre su bandera en nombre de su país o de su propio orgullo, y el turista lo único que quiere es llevarse un recuerdo y revivir tiempos pasados, el escritor solo busca compartir lo vivido. No ha sido el primero en llegar pero gracias a su obra, no será el último, ya que otros leyendo sus obras le seguirán.
Haggard recreó aventuras que nos transportaban a nuestras sueños infantiles con ¨Las minas del rey Salomón”. Conrad llegó al Congo más tenebroso con “El corazón de las tinieblas” y muchos hicieron algo tan simple y tan difícil a la vez de contar lo que vieron o lo que sintieron en su viaje a África. “Las nieves del Kilimanjaro” de Hemingway, “Un turista en África” de Waudh, “Tú, ¿de qué tribu eres?” de Moravia o más recientemente los libros de Reverte o Kapuscinki.
Pero quizá entre todos ellos destaca las descripciones autobiográficas de Karen Blixen y sus “Memorias de África”. Es cierto que el cine y la pareja Streep-Redford la popularizaron hasta el extremo que Kenia se convirtió para muchos en la imagen perfecta de esa África idílica y salvaje. (aunque algunas de las cacerías casi gratuitas que describe no pasarían la criba de un censor medioambiental).
Blixen vivió en África, se divorció, se enamoró, se arruinó y volvió a su Dinamarca natal donde se ganó la vida de una forma más que aceptable. Lo que poca gente sabe es que tras publicar en 1937 "Memorias de África" y gracias a su éxito, Blixen se recuperó económicamente y pudo haber vuelto al continente que tanto amaba y por el que tanto hizo. No dejó de repetir en centenares de entrevistas que aquel viaje la marcó de por vida pero no explicó porqué no regresó. Quizá fue una sabia decisión dejar en su memoria tantos recuerdos y sentimientos. Quizá ese es uno de los males de nuestro tiempo: intentar recuperar lo que no se puede volviendo a los lugares que nos hicieron felices. Y qué mejor que dejarlos en la memoria con un libro que empiece con la frase "Yo tuve una granja en África".



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Hoy rompiendo la regla de escribir sobre África o sitios que he estado (aunque el Caucaso no queda tan lejos), os propongo ir a Samarkanda. No me diréis que no suena bien. Samarkanda, la ruta de la seda, misterio. Como Zinder o Zanzibar, decir Samarkanda es decir esplendor pasado o viajeros aventureros. Rápido, situación. ¿Dónde está? Uzbekistán (uf, quizá algún lector le cuesta ubicar Uzbekistán en la nevera de la memoria. Fácil, método tarresiano: lo que acaba en Stan, tiene que quedar por el centro occidental del continente asiático, donde no este China o Rusia, no tiene perdida. Pero para localizarlo aún mejor y como todos los vecinos de Uzbekistán acaban en stan podríamos decir que está más arriba de Irán, encima de Afganistán, y claro un poquito más abajo de Rusia. ¿Nos ubicamos? Seguro que sí. Así que volvemos a Samarkanda, en Uzbekistán. Pero al hablar de una ciudad milenaria de más de 2.700 años de antigua (es decir, casi tanto como Roma) implica que nos olvidemos del país y nos centremos en su ubicación histórica: la ruta de la seda. Allí llego Alejandro Magno (algún día hablaremos de este tipo) y allí se consiguió uno de los mejores secretos guardados por los chinos, la fabricación del papel que enseguida llegaría a Europa. Allí llegó tan bien Gengis Khan y todos los conquistadores que querían hacer de la inmensidad de Asia su reino particular. En el siglo XVI empieza su decadencia (como veis, bastante más tarde que Roma) y más tarde cae en manos rusas. Volvió a ser capital durante 5 años y hoy es la segunda ciudad del país.












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Sin animo de dar lecciones, y sabiendo que no soy un experto africanista, vamos a darnos un paseo por la prensa digital de hoy martes 18 de noviembre de 2008 a las 22:00 h.

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Me han pedido un post de Madrid y como atiendo todas (o casi todas) las peticiones, llegará. De momento hoy os invito a ir al cine o como 




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