miércoles, 6 de enero de 2016

322. Desde Lesbos (I)

Moria. Isla de Lesbos. Grecia. Enero 2016
Aquí estamos, en la isla de Lesbos.

Para que os hagáis una idea, Lesbos es una isla parecida a Gran Canaría o como la mitad de Palma de Mallorca.

Según UNHCR, en 2015, 950.000 personas llegaron a Europa huyendo de la guerra. El primer punto europeo que tocaron más de la mitad, 500.000 fue precisamente Lesbos.

A nivel humanitario es complicado trabajar y tener un impacto positivo sobre esas miles de personas que pasan un par de días en la isla esperando coger un ferry que les lleve a Athenas o Thesalonika en su tránsito hacia la Europa central.

De hecho, el drama sucede y se repite a lo largo de toda la travesía: pagar a las mafias que hacen el trayecto (el precio ha subido a 1.500 €), el miedo a un naufragio mortal,  el riesgo de ser robados o estafados, el acoso y la violencia sobre las mujeres, dormir en sitios no acondicionados, no tener medios higiénicos o sanitarios...

Salimos para Moria, un campo de refugiados a apenas 10 km de Mitilene, la capital de la isla.

Es difícil calcular el número de personas, unas 5.000 registradas en el campo. Sorprende, nada más llegar la cantidad de voluntarios que apoyan a las principales ONG que realizan actividades en el campo.
Además el hecho que el campo se vacíe casi cada día transmite aún más sensación de transito.
De media, los refugiados pasan entre dos o tres días antes de reunir el dinero (o la información) para coger el ferry que les llevará  a Atenas o a Thesalonika  (via Kabala). El hecho de registrarse en el campo les da la mínima legitimidad para viajar por Europa.

Las condiciones de vida son, dentro de  lo que cabe, relativamente buenas, se distribuye comida regularmente, 2 veces al día (Save y Oxfam), hay centros sanitarios (MSF, Medicus Mundi), una tienda realiza actividades para niños... Las letrinas y duchas... francamente mejorables (de hecho, están en proceso de mejora) . Los barracones, de metal, incómodos, especialmente días lluviosos como hoy.
Lo malo (o lo peor) es... que como todo en la vida, hay clases y no todos los refugiados consiguen registrarse. Los que no lo consigan (somalies, eritreos, afganos...) se instalarán al lado, en un improvisado campamento gestionado por voluntarios.

Además, al no poder registrarse están en riesgo de ser deportados y apenas les queda ninguna opción de viajar por el continente.

Mañana más