martes, 25 de noviembre de 2008

72. Viajeros y exploradores

Iglesia de Debre Birhan Selassie, en Gondar

Decían los griegos que vivir no era lo importante. Lo esencial era navegar.

Charles Doughty , Wilfred Thesiger , Charles Darwin, Paul Bowles… ¿Qué llevaba a estas personas a alejarse de la seguridad de un sitio conocido, la tranquilidad de un hogar y embarcarse en una aventura de rumbo desconocido cuyo resultado final podía llevarles a la muerte? A algunos el afán científico , a otros pasar a los anales de la historia, a casi todos un sentimiento innato en el ser humano: la curiosidad
Más de uno pensará que viajar con su señora a Egipto y no coger el crucero B para tomarse la tarde libre podría ser considerado una aventura curiosa, pero todo sabemos que no es así.
Lawrence Durrell escribió que soledad y tiempo son condiciones esenciales para la aventura y la exploración. .

Si estamos en el siglo XIX, principios del XX, significa que hemos dejado atrás la época de los conquistadores, los descubridores a los que les movía el afán de la apropiación. Es en esa época, en el cambio de siglo, cuando ya no queda palmo que el hombre occidental no haya hollado. Hablamos de occidentales, claro, por que, las gentes locales, hace cientos de años que vivían en las fuentes del Nilo, se bañaban en el lago Victoria o habían cruzado el desierto del Teneré día sí día también.
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En Masai Mara, siguiendo a los leones: decenas de furgonetas rompiendo el encanto, aunque el parque, tambien hay que decirlo, vale la pena.

Ya no hay conquistadores, pero lo bueno es que los descubridores empiezan a desaparecer y es entonces cuando aparecen los viajeros. Los últimos descubridores como Scott que se lanzan a retos de los que a veces no vuelven, dejan paso a gente que también pone en riesgo su vida pero lo hacen de una forma más respetuosa (no todos , claro). No son turistas, especie a la que odian, sin saber que ellos como precursores, les están abriendo el camino. Porque el turista va, donde un viajero le ha dicho lo que va a encontrar. Y eso es lo que marca otra diferencia respecto a los conquistadores: el viajero cuenta, explica, describe. Para el viajero, no tiene sentido que alguien descubra una cultura milenaria y se guarde la hazaña para sí o la expolie.

Literatura y viaje van de la mano como hermanos siameses, porque ¿Qué sería de nosotros si Lawrence de Arabia, o Domingo Badia (Ali Bey, primer occidental en entrar en La Meca) se hubiesen dedicado a contarle a los amigos lo visto sin dejar constancia por escrito? Kapuscinsky o Leguineche, se mueven ahora en jeep o llegan a las capitales de los países que visitan en avión pero viajan con el mismo espíritu que movía a Burckhardt o Doughty.

Os dejo con una foto de una placa que encontré en Zinder. Una esquina, arrinconada y olvidada del casco antiguo recuerda que Heinrich Barth, no solo pasó por allí sino que se quedó una temporadita. Aunque no pregunté estoy seguro que ninguno de los habitantes de Zinder había oído hablar de este explorador alemán que en 1851, saliendo del Sahará llegó al lago Tchad y de allí a Tombuctú para acabar en Adamawa (Nigeria) y Camerún. Ahí es nada. Volvió a Europa y como buen viajero escribió cinco volúmenes de sus “Viajes y descubrimientos en el Norte y Centro de Africa”, todo un manual para la época. Hoy, en nuestro mundo, como en Zinder, ya nadie se acuerda de él, pero poneros en su piel, en 1852, viviendo en un sultanato, donde casi ningún occidental había llegado y donde debía ser considerado un semi Dios. El, y los que he mencionado debían sentirse, en ese momento, en la cima del mundo.

1 comentario:

Pizdon Donpiz dijo...

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